Serie «El ojo de la espiral»
Luna nueva de mayo, 2026
A diferencia de ciertos encuentros con el conocimiento, el enfrentamiento con el saber posee un carácter de misterio, lo que hace imposible elegir lo que se sabrá al salir de ahí. Se trata de una instancia que no depende de la voluntad, que precisa ser atravesada con el cuerpo, de manera individual y cuyo cariz intransferible es habitual. Cuando me di cuenta de esto, supe que ahí radicaba lo que tendría que aceptar, lo que no depende de mí y escapa a mi voluntad. Necesitaba dejar de resistirme a la experiencia del saber.
Me pregunté, una vez más, de dónde surgía aquel miedo. Saltó, enseguida, lo desconocido. Ahondando en ello di con el motor que accionaba el mecanismo y encontré que mi miedo radicaba en el desconocimiento no del mundo, sino de mí. Tenía miedo porque no me conocía a mí misma, no había sido capaz de verme sin máscaras, ideas, creencias ni emociones. En el fondo de todo había una identidad a la que no le pertenecía nada de aquello y, sin embargo, era. Miedo de encontrarme y, a la vez, por no encontrarme. Miedo de conocerme y, al mismo tiempo, por no conocerme. Miedo a un devenir abundante de misterio. Al verme en el medio de ese tironeo sólo atiné a abrazar lo que soy. Pero, ¿qué soy? ¿Quién soy? ¿Algún día llegaré, cabalmente, a conocer lo que soy? En esta instancia de no saber, lo único que sé es que soy. Pues, aunque por el momento carezco de certezas, tengo la experiencia de ser. Y, aun antes del miedo o del pensamiento, soy.
Así, ir al encuentro de lo desconocido se volvió equivalente a ir al encuentro de mí. Un campo sin explorar se abría, al mismo tiempo que me traía la posibilidad de atravesar nuevamente la experiencia, poner a prueba el miedo y actualizar aquel conocimiento de mí.

Poner el foco en lo que estaba puesto en valor a través del temor (y no en el temor mismo) fue la clave de su disolución. Poder ver aquello que tenía absoluta relevancia hizo que mi miedo pareciera una nimiedad. ¿Qué había más allá? Algunas veces fue el impulso de la curiosidad y otras muchas el aliento del misterio lo que me impelió a avanzar, hasta que me fui acercando, cada vez un poco más, a eso que el temor me impedía ver. Al hacerle frente me encontré con la sorpresa de que, pese a todas mis medrosas sospechas, en ese preciso momento el miedo no tenía lugar. Sólo entonces descubrí que el miedo nunca había tenido sustancia.
Aquel ir al encuentro me colocó en un estado de apertura que se extendió a una sensación corporal. Me dispuso en una actitud de bienvenida hacia todo lo que se me apareciera, sin rechazo ni resistencia. Atestigüé con total presencia, receptiva a lo que aconteciera. En el medio caí en cuenta de que lo desconocido siempre existiría, que era imposible la vida sin devenir. Por lo que, finalmente, le di su lugar al misterio y me abrí a su impredecible transcurrir. Tras esta experiencia se asentó en mi cuerpo el sabor de un saber que, luego de un tiempo, tomó forma de confianza. Fue así que, cuando el repliegue se convirtió en apertura y el miedo dio paso a la confianza, el proceso de autoconocimiento cobró otra dimensión.
Reconocí entonces que el misterio no es algo exclusivo del mundo externo, sino que la vida en su misterio habita también en mí. Identifiqué en ello la razón por la que siempre habrá caminos desconocidos en los cuales poner la mente junto con el cuerpo. Caminos que traerán todo tipo de saberes, simples y comunes, pero también profundos y extraordinarios. Y, como aquello que ofrezcan escapará siempre a mi voluntad, al menos podré elegir cómo me habrán de encontrar. He hecho mi elección. El miedo no me impedirá más.
Zuleika Lovera
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