Serie «El ojo de la espiral»
Luna nueva de marzo, 2026
Además del camino de saber en donde se tiene una idea, más o menos aproximada, de lo que se aprenderá, tal como cuando nos iniciamos en un estudio formal, también hay otro donde el saber emerge y se asienta a través de la experiencia. En este caso, el cuerpo es atravesado por ella y sólo de esta manera es posible comprender ciertas cosas. Aunque dichas experiencias cuentan con un mínimo de voluntad, ocurren en gran parte bajo la influencia del azar, por lo que conllevan el desafío de ser explicadas o traducidas al lenguaje común. Así, este camino pertenece al campo de lo empírico y contingente, pues el saber que se obtiene de ellas es distinto del conocimiento que se puede adquirir en libros o formaciones académicas. En este sentido, alcanzar un conocimiento no es lo mismo que llegar a saber.
En encuentros anteriores me había identificado como «una amante del conocimiento al que se puede acceder». Sin embargo, tuve que reconocer que, si bien tenía sentido, no era preciso, pues se puede conocer algo sin haberlo experimentado. Y es que si hablamos de filosofía, no alcanza con amar el conocimiento, sino que se ha de ir más allá, saborear lo que acontece en la experiencia, destilarla y, luego, llegar a la sustancia. Sin embargo, una única destilación no resulta suficiente, pues la filosofía aspira a más, al punto donde el saber no es un evento ocasional, sino que se convierte en un modo de vida e, incluso, en un estado de ser. Es un deseo constante por permanecer en ese lugar, en el que hay unidad, claridad, ausencia de contrariedad. De a poco, fui distinguiendo que saber tampoco era sabiduría.
Tras tanta clarificación en la indagación pude ver que es incierto lo que en la vida vamos a saber. La llegada a éste es un camino desconocido, cuyo sabor sólo se puede tener una vez que se lo ha atravesado. Hasta ahora se me revelaba esa otra cara de lo desconocido. Ubiqué que mi temor se encontraba ahí, en el devenir de la experiencia del saber, un recorrido que habría de andar sólo por mí misma, sin estructuras ni pasos pautados. Al fin había dado con el aspecto de lo desconocido donde abunda el misterio, la incerteza y el desafío de un modo completamente diferente al camino del conocer, aquel que ocurre en la experiencia y a través del propio cuerpo, y no en la mente o bajo el control de un laboratorio.

No cabía duda de que hacer frente a lo desconocido desde la experiencia pertenecía a otra esfera. Un acceso al campo del saber que sólo se logra de manera personal, sin más guía que la propia intuición, cierta fortaleza mental y un cuerpo con capacidad de actuar. Un evento en el que se hace preciso tener arrojo y en el que no se puede hacer nada más, pues no es cuestión de voluntad. La vida se presenta así. Y una vez que se abre la puerta del saber, no hay marcha atrás. Por lo que evitar el misterio o resistirse a la experiencia era equivalente a renunciar a vivir.
Entendí a los sabios de la antigüedad cuando consideraron tan extraordinario el contacto con lo desconocido que decidieron que valía la pena vencer al miedo cada vez y, pese a la densidad de éste, se concentraron en aquello más grande, no pasmoso, sino maravilloso; no ominoso, sino luminoso; no contractivo, sino expansivo. Para ello, eligieron al amor como el ideal regulativo que impulsaría al aprendiz amedrentado. A partir de entonces, toda persona que se inicia en el sendero de la sabiduría se entrega a la experiencia de lo desconocido y ama con tal fuerza que, al emerger el miedo, su deseo no se opaca ni aminora, sino que, por el contrario, su temple se robustece de modo que pueda completar su camino de saber. Sí, estaba segura, esa había sido la razón por la cual los sabios antiguos habían creado semejante ardid.
Zuleika Lovera
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