
El plano por excelencia en el que la filosofía se desenvuelve es la razón: los pensamientos son su materia prima, la reflexión es su deleite y su divertimento es atestiguar la plasticidad de la mente. Pero existe otra dimensión reveladora a la que se le ha prestado poca atención: el cuerpo.
A lo largo de la historia de la filosofía se ha señalado al cuerpo por ser apasionado, entregado a los excesos y ocasionar el debilitamiento de la voluntad. Se ha argumentado que sus sentidos son engañosos y sus apetitos, caprichosos, razones por las cuales no se le ha considerado un compañero de fiar. De esta manera ha sido desprestigiado, lo cual ha entorpecido no sólo el reconocimiento, sino el consiguiente fortalecimiento de su carácter más sabio.
El cuerpo no es sólo un medio para los fines de la razón. No es tampoco una vasija que aloja con simpleza la vida. El cuerpo es tanto aquello que contiene como lo contenido. Es el borde de nuestro mundo, la materia exclusiva que nos pertenece y que sentimos desde lo más profundo. El cuerpo es la manifestación de la vida, pero no de cualquier vida, sino de una vida singular. Una singularidad que se mueve y que es expresión de una identidad única. Es a través del sabor de su movimiento que el cuerpo siente una profunda comunión con la vida que habita y que, a su vez, también lo habita. Es así que, al hacerse más accesible para sí mismo, el ser-en-el-cuerpo puede reconocerse en su completitud.
«A través del movimiento el cuerpo se reconoce,
Christine Caldwell
se sabe y se contempla a sí mismo»
El cuerpo es nuestro propio territorio a explorar y el acceso a un saber más profundo. Por ello, Conocerse desde el Cuerpo brinda la posibilidad de que nuestra corporalidad recupere su autoridad y protagonice la conquista de un nuevo campo de conciencia de sí. Dicha experiencia es la que se propicia, acompaña y contiene, de forma que lo movilizado tenga su debida y cuidada integración.
Reconocer y darle lugar a nuestra dimensión corporal nos sitúa en un escenario donde nos reconocemos como un ser integral que se experimenta tanto en la afirmación de su materialidad como en la expansión de su interioridad. En este escenario se abren caminos que sólo es posible transitar a través del despliegue del propio cuerpo y cuyo desenvolvimiento nos permitirá acceder a un autoconocimiento cada vez más amplio y profundo.
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