Serie «El ojo de la espiral»
Luna nueva de enero, 2026
Con curiosidad y sin apuro volví al asesoramiento filosófico. Durante el tiempo transcurrido pude ver el miedo con la claridad que da la calma: un cierre ante lo que nos ofrece la vida, no importa si lo que implica es adquirir nuevos aprendizajes, la posibilidad de hacerse más fuerte o acceder a un sabor más consistente de lo que es. Rehuir cualquier experiencia por temor equivale a evitar el saber que ésta trae consigo. Sin embargo, aun con esa nueva luz, la confusión seguía anidando en mí.
Quien lee podrá convenir en que, cada vez que adquirimos conocimiento sobre algo, el amplio campo de lo desconocido se reduce, aun cuando sea de forma ínfima. Esto es así porque, dentro de la vastedad de lo desconocido, hay multiplicidad de temas accesibles a nuestra configuración humana que, en tanto pertenecientes a dicha especie, nos resulta posible conocer. Es más, se podría decir que la filosofía es afín a esta experiencia, pues quien explora el universo del saber tiene presente que lo desconocido es inconmensurable, por lo que la posibilidad de acceder a nuevos conocimientos está siempre disponible. Al menos, así me explicaba el entusiasmo que había sentido unas semanas atrás, cuando deseaba avanzar a prisa en la indagación, pues sabía que podía revelarse algo aún no conocido y anhelaba con intensidad descubrirlo cuanto antes.
Con todo, una sensación de retracción persistía y fue la tarea de clarificar el asunto lo que apaciguó mi mar revuelto. Identifiqué que, por un lado, se encontraba lo desconocido que, sin embargo, puede ser conocido. Era el caso de la filosofía, la cual tiene el afán de perseguir algo que aún no sabe y cuyo regocijo crece al alcanzarlo cada vez. Pero, por otro lado, estaba lo desconocido que excede la capacidad propia del conocimiento humano y que, por tanto, permanece inaccesible. En este caso no es relevante si la finitud de la vida hace imposible conocerlo todo, sino el simple hecho de que hay cosas que escapan a la cognición de la especie y la cultura de las que, tú o yo, formamos parte.

Esta clarificación me permitió ubicar con nitidez el lugar en el que me hallaba: una amante del conocimiento al que se puede acceder. Por eso, hubiera podido seguir sosteniendo que la filosofía era «el amor a lo desconocido que se puede conocer» (que es otra manera de decir que no puede ser un amor por lo desconocido que nunca podrá ser conocido). Pero también era cierto que conocía el sabor contrario, el temor hacia aquello cuya naturaleza es del carácter de lo incognoscible. ¿Es que habitaba dentro de las distintas gamas de un mismo eje? ¿Acaso la filosofía pertenecía a esa polaridad?
Zuleika Lovera
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